El engaño a Uriel y la batalla que nunca se libró entre Satán y Gabriel.


Satán se encuentra vagando libremente por el limbo de la vanidad cuando se encuentra en la órbita del sol y se encuentra con Uriel, guardián de aquella esfera; pero antes él tomó la forma de un ángel inferior. Satán dirige a ella su vuelo con intenciones de averiguar más sobre dónde viven las criaturas del señor.

Para evitar ser reconocido como el maligno ideó el medio de desfigurarse tomando la forma de un querubín adolescente, qué tan diestro era en aquellas artes que su nuevo parecer logró impresionar a cuando ángel se cruzó con él en su camino.

No pudo acercarse sin ser oído, y al sentir el ruido de sus pasos volvió el Arcángel y su radiante rostro enmudeció al ver a satán por contemplar aquella belleza. Acercándose Satán a Uriel le dijo: Uriel, pues eres uno de los 7 espíritus que asisten en el glorioso y brillante trono del señor, y la primera en interpretar su voluntad suprema transmitiéndole al más elevado cielo donde la están esperando todas sus criaturas, no dudo que tus soberanos decretos te otorguen aquí igual honor, y que, por lo mismo, y siendo uno de los ojos del Eterno, visitaras con frecuencia el mundo nuevamente creado. El ardiente deseo de ver y conocer las admirables obras de Dios, y particularmente al Hombre, objeto principal de sus delicias y favores me atañe, verás pues, me he perdido en mi viaje y no logro encontrar el camino, disculpe la molestia de este joven distraído.

Así hablo el falso enemigo, encubriendo su astucia, pues ni hombres ni ángeles pueden discernir la hipocresía, vicio invisible en el cielo y la tierra, excepto para Dios que lo consiente, la bondad no ve mal alguno dónde claramente no se descubre. Esto fue lo que engaño a Uriel, aunque como protectora del Sol era temida por su gran perspicacia nada puso hacer contra la ilusión de Satán; por lo que así contesto al perdido impostor: Ángel hermoso, tu deseo de conocer las obras de Dios para glorificarlas en nombre de Dios nada tiene de vituperable, antes la vehemencia misma de ese anhelo es de mayor alabanza merecedora, pues desde que su empírea mansión te trae solo hasta aquí, queriendo asegurarte por tus propios ojos lo que quizá en el cielo se contentan algunos con saber de oídas. Maravillosas en verdad sin las obras del Señor, todas dignas de conocer y recordar con delicia. ¿Ves allá abajo aquel globo, uno de cuyos lados brilla con la luz reflejada que de aquí recibe? Pues aquella es la Tierra; allí habita el Hombre; esta luz es su día, y sin ella se cubriría de la noche todo el globo, como sucede con la otra cara que no es visible desde aquí. Pero la proximidad de su luna les lleva mi luz incluso cuándo no me pueden avistar.

Volvió al rostro de Satán para mirarlo a los ojos y quedarse estupefacta con su aspecto. Satán no escatimó en adulaciones y despidiéndose de ella se precipitó hacia la tierra.

A la vista del Edén y, cercano al lugar en que se propone a trasladar su guerra contra Dios y el Hombre él comienza a dudar sí es el momento. Finalmente, su malicia es tan grande que lo lleva a introducirse en las puertas del cielo, bajo la forma de un cuervo da vueltas alrededor del árbol dela vida mientras contempla amenazante a las criaturas que debajo de él pasean alegres.


Entre tanto aparece el Arcángel Uriel en un rayo de sol y previene a Gabriel que un espíritu infernal se ha escapado del abismo y cruzando por su poder y gobierno se lanzó hacia el paraíso. Gabriel manda a guarecerse a todos aquellos no aptos para la guerra y se monta en guardia para hallar a este ser y echarle cuanto antes. Gabriel temerosa por la seguridad de Adán y Eva le asigna dos guardianes a cada uno temiendo que el maligno pueda hacerles algún daño.

Satán, siguió su camino acercándose a los términos del Edén, por dónde se descubre el valladar, con que, a semejanza de cerca campestres corona el delicioso paraíso, próximo ya, la solitaria eminencia de una escabrosa colina y su áspera pendiente rodeada de enmarañados y espesos bosques, que la hacen inaccesible. Sobre su cumbre se elevan a desmedrada altura multitud de cedros, pinos, abetos, y pomposas palmeras vergel egreste, dónde el ramaje entrelazado multiplicando las sombras, forman un vistoso y magnifico anfiteatro. Dominando las copas de los árboles, cargados de las más exquisitas frutas y flores brillaban a la vez con reflejos del oro y de los encendidos colores que las esmaltaban; mientras que el sol se posaba en ellas sus rayos, mas complacido que en las bellas nubes del ocaso o e el arco que nace de la lluvia enviada por dios a refrigerar la tierra.

Tan encantador le parecía aquel sitio a Satán. Agitaba sus grandes alas a modo de regocijo esparciendo el perfume que atesoran los vientos, así aspiraba el pérfido enemigo el delicioso ambiente que iba determinado a emponzoñar, aunque gozándose en el más que Asmodeo con el maligno vapor que lo alejó enamorado.

Cambiando de forma continuamente satán de paseó por el paraíso durante el día en busca de Adán y Eva, cuando por fin logro avistarlos se acercó en forma de animal para escuchar atento aquel lenguaje tan nuevo para él. Terminó agotado de tantas muestras de amor y cariño que se fue del lugar sigilosamente recorriendo aquellos lugares en dónde ni los mismos ángeles se aventuras a ver.

Acabada esta tarea se puso en marcha con arrogancia y desdeño paso, aunque con astuta precaución recorriendo bosque, colinas, valles y llanuras. Entre tanto el sol comenzaba a caer. En una roca en lo alto, mirando la belleza del sol mezclarse con el paraíso se encontraba sentada Gabriel, esperando la llegada de la noche. Alrededor se ejercitaba la joven milicia angelical. De repente, envuelta en el rayo del sol y atravesando el crepúsculo aparece Uriel inflamando el vapor del aire que había a su paso. Ella se dirigió con su hermana: Gabriel, a tu cargo tienes la guarda y custodia de esta mansión, debes impedir que le ocurra algo malo, no debes permitir que nada se acerque ni penetre en ella. En ella ya se encuentran Adán y Eva durmiendo. Temo que la amenaza sea alguno de los rebeldes que fueron desterrados.

Gabriel les responde: No me admira, Uriel, que residiendo tú en la brillante esfera del sol, abarques con tu penetrante mirada inmensas distancias y profundidades hayas pasado por alto al maligno. Nadie puede burlar la vigilancia que aquí ejerzo. Con ésta promesa se fue Uriel a su región.

Llegó por fin la noche y la calma enmudeció los alrededores. Adán despertó y contempló a Eva que también lo hizo, no podía creer que tuvieran tantos ángeles resguardándoles, le parecía increíble. Volvieron a conciliar el sueño observando en el vitral la hermosa bóveda celeste.

La luna se cubrió de una sombra espesa y las alarmas entre la defensa angelical comenzó a disiparse. Dos de los ángeles que protegían a Eva se dirigieron a dónde ella para encontrarse con el enemigo. Bajo la forma de un sapo inmundo, agachado junto al oído de Eva se encontraba Satanás insinuándole mil ilusiones, sueños y devaneo, inspirándole su ponzoñoso aliento. Al descubrirlo así Ituriel, lo tocó con la punta de su lanza. Satanas distraído tuvo que recobrar su forma original para no ser dañado por aquel toque de la lanza bendecida.

Dando un paso atrás los ángeles le preguntaron por su nombre.


“Ah, ¿no me conocen?, ¿No saben quién soy? Pues verán que sí, ya me conocen, nos conocimos en otra época, cuándo en lugar de igualarlos conmigo su señor los ocultó de mí para no darles muerte. A lo que Zefón contestó: No juzgue, espitritú rebelde, que en esa forma se nota menguado y bien podríamos hacerle desaparecer.

De ese modo habló el querubín, y su grave y severa represión fue denostada por Satán. Él dio un salto brutal y se abalanzó sobre Zefón destrozándole la armadura dejándolo moribundo en un solo instante. Cuándo levanto Satán la cabeza para encontrar a Ituriel hallo al final de la habitación a Gabriel mirándole mientras sostenía una de sus manos a media altura. Más temprano que tarde Satán notó que el tiempo había sido comprimido para él y el Arcángel Gabriel. En éste estado que duró no más de 1 segundo ambos fueron trasladados a las afueras de la mansión por obra de Gabriel.

¿Por qué has traspasado los límites a que te ves reducido por tu crimen?, ¿Por qué vienes a perturbar en su ministerio a aquellos que no te conocen? Gabriel preguntó. Y con sonrisa de menosprecio le respondió Satán: «Gabriel en el Cielo tenías fama de perspicaz y como tal te contemplaba yo; pero esas preguntas me hacen dudar de tu buen acuerdo. Satán lanzo un par de ataques para probar las defensas de Gabriel, ella logró defenderse muy bien. ¡Mira! Detrás de ti, la escena que Gabriel vio fue desgarradora, una buena parte de sus defensas habían sido brutalmente golpeadas. Lo puedes ver, te has preocupado antes por ti que por tu ejército. ¿Qué diría Dios de esto? No pudo ya Satán reprimir su ira y exclamó: Valor más que nadie tengo, ángel insolente, para soportar. mis penas. Sobrado sabes que fui yo tu más terrible enemigo en aquella guerra en que la fulminante furia del trueno vino tan presto en auxilio tuyo, en auxilio de tu lanza, que por sí no inspiraba temor alguno. Pero tus palabras, tan irreflexivas como siempre, muestran la inexperiencia en que estás de lo que debe hacer un caudillo fiel a su deber y aleccionado por los malos sucesos de su fortuna, que es no exponerlo todo a peligrosos trances, sino experimentarlos primero él mismo. Por esto he cruzado yo solo estos desiertos espacios, y venido a reconocer este mundo nuevamente creado, cuya fama no ha podido menos de llegar hasta los infiernos. Espero encontrar aquí morada mas venturosa, y establecer en la tierra o en las regiones aéreas mis potestades proscritas, aunque para conquista tal fuese menester embestir otra vez contra ti y tus bienhadadas legiones; que más fácilmente os acomodáis a la servidumbre del Señor entronizado en los cielos, a entonar himnos en su alabanza y a incensarle de lejos, que a la dureza de los combates.

¿Lucifer… eres tú? Exclamó Gabriel. No, nada de eso. Soy como Dios de sus creaciones nació la maldad, yo, yo soy la maldad, yo soy Dios, somos parte de lo mismo, pero yo, yo no busco la bondad ni la justicia: Satanás le contestó.

Lo cual, oído por Gabriel, prosiguió en estos términos: “Decir y desdecirse, encarecer primero el mérito de tu creación y desempeñar después el oficio de malo, no es propio de un caudillo, sino de un embaucador.

¿Cómo te atreves a suponerte fiel a tu deber? ¡Que así profanes el nombre, el sagrado nombre de tu fidelidad! Y, ¿a quién eres fiel? ¿A tu rebelde muchedumbre? ¿A ese tropel de réprobos, dignos de ser mandados por tan digno jefe? ¿Consistía vuestra disciplina, la fe que jurasteis y vuestra obediencia militar en alzaros desleales contra el Poder supremo? Y por otra parte, falso hipócrita, que ahora te vendes por paladín de la libertad, ¿quién más lisonjero, más humilde y servil adorador que lo fuiste tú un día del invencible Rey de los cielos, sin duda con la esperanza de destronarlo así mejor y empuñar su cetro? Pues oye, y haz lo que te prevengo; sal de aquí, y huye al lugar de donde has salido; que si subsistes un momento más en estos sagrados confines, arrastrando y cargado de hierros te volveré a tu infernal mazmorra, quedarás enclavado allí, de suerte, que no te burles otra vez de las fáciles puertas del infierno, ya que tan débiles te parecen.

Amenazado así; pero Satán lo oía con indiferencia, y encendido en nuevo furor, repuso: “Cuando sea tu cautivo, querubín orgulloso, háblame de cadenas; ahora disponte a sentir el peso de mi poderoso brazo. Jamás te abrumó otro tal, ni aun cuando el Soberano celeste cabalgaba sobre tus alas, y uncido con otro como tú, acostumbrados al mismo yugo, tirabais de su carro triunfal, y andabais por los caminos del cielo empedrados de estrellas.

Mientras esto decía, ardían en enrojecido fuego los angélicos escuadrones, y desplegando en circular ala sus falanges, lo rodeaban, apuntándole con sus lanzas; como cuando en los campos de Ceres, maduras para la siega, se mecen las apiñadas espigas, inclinándose a uno y otro lado, según de donde se agita el viento, y el labrador las contempla con inquietud, temiendo que todos aquellos haces en que cifra su mayor logro, no vengan a convertirse en inútil paja.


Alarmado Satán en vista de aquella actitud, hizo sobre sí un esfuerzo, y dilató sus miembros hasta adquirir las desmedidas proporciones y fortaleza del Atlas o el Tenerife. Toca su cabeza en el firmamento y lleva en su casco el Horror por penacho de su cimera; ni carece tampoco de armas, dado que empuña una lanza. Tremenda batalla se hubiera suscitado entonces, que no sólo el Paraíso sino la celeste bóveda hubiera conmovido en torno, y aun, puesto en grave conflicto todos los elementos a impulsos de choque tan irresistible, si previendo aquella catástrofe no hubiera el Omnipotente suspendido en el cielo su balanza de oro, que desde entonces vemos brillar entre Astrea y el Escorpión. En aquella balanza había pesado Dios todo lo creado; la tierra esférica en equilibrio con el aire; y ahora pesa del mismo modo los acontecimientos, la suerte de las batallas y de los imperios. Puso a la sazón en contrapeso el resultado de la fuga y el del combate, y el segundo subió rápidamente hasta dar en el fiel que lo señalaba; y entonces dijo Gabriel a su Enemigo: “Conozco, Satán, tus fuerzas como tú dices conoces las mías: ni unas ni otras nos pertenecen; Dios nos las ha prestado. ¡Qué insensatez jactarnos de lo que han de hacer nuestras armas, cuando no hemos de llegar sino a lo que permita el Cielo! Tu poder es el que Él consiente; el mío a la sazón doble, para que yazgas a mis pies, como cieno que eres. Y si de ello quieres una prueba, mira allá arriba y leerás tu suerte en el celeste signo donde se pesa, donde se muestra cuán liviana y débil sería la resistencia.

Miró en efecto Satán, y vio cuán desfavorable le era el movimiento de la balanza. No esperó más; huyó lanzando denuestos, y en pos de él huyeron las nocturnas sombras. Igual, su trabajo ya había sido plantado satisfactoriamente.

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